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De la maldad

al silencio

Palabras

Dan, Ema, y Ayra, huérfanos de madre desde muy pequeños, deciden refugiarse un triste 12 de marzo de 2020 en la casa familiar de la sierra de Mariola, Alicante, ante el cariz que están tomando los acontecimientos por la Covid-19. Una semana después, en una tarde vaga, Ema, la hija mayor, encuentra de manera fortuita, en un armario cualquiera, un diario escrito desde las entrañas de un piso franco situado a escasos quinientos metros de la Oficina Central de Seguridad del III Reich, en Berlín, con fecha del 19 de marzo de 1943. El autor, Enrique Sallés Jover; el abuelo materno. De su pasado apenas tienen dos cosas: su nombre, y que partió de Sax rumbo a la Alemania nazi con una pequeña maleta bajo el brazo. Del resto, silencio. Enrique, ochenta años atrás, inocente y ajeno al trauma actual, había sido infiltrado como agente encubierto en la última expedición de la División Azul, para formar parte de uno de los equipos que la inteligencia aliada tenía desplegados por la Europa ocupada, para el intento de hackeo de la máquina de mensajería de guerra conocida como Enigma. La lectura del diario —condicionada por las normas impuestas por Ema— y de los misterios que rodean la figura de su joven abuelo, descritos y ocultados intencionadamente en la libreta, y ahora desenterrados por los tres hermanos con la complicidad indispensable del padre, convierten esta crónica documental y fragmentaria en un viaje explosivo que estalla en todas las direcciones. 

... y nada más.

Palabras bastardas, un relato de historia contemporánea sobre las múltiples formas en que habita la maldad, nos pone a golpe de diálogo y sin artificios delante de los entresijos de las verdades y del silencio, y también, ante todo, frente a la importancia de la aceptación —y redención— de eso que llaman 'culpa'.

«A medida que Enrique hablaba, el temblor de mi cuerpo se iba apaciguando. Iba a morir, lo sabía, y quería matar de la única manera que quizá le quedaba, la palabra. Degrelle estaba desconcertado ante su entereza, y después de cada respuesta miraba a Ezquerra y a Klaus con una mezcla en la cara de asombro contenido, estupor y rabia. Era la paz del que sabe su final contra el miedo acomplejado del que va a matar por matar. Degrelle seguía insistiendo».

―Y si conociera… si conociera, es solo una suposición, muchacho, de nuestros procedimientos de mensajería, ¿me lo diría?

―Con todos mis respetos, señor, no conozco sus métodos, ni sus sistemas de cadenas, ni sus códigos, y creo, perdone mi atrevimiento, que usted tampoco.

«La cara de todos era un poema de nieve. Sonaron cuatro disparos... cayó».

Sinopsis